Cuando Rebecca llegó a casa, su madre la
esperaba con una expresión airada y compungida. Tenía los brazos cruzados sobre
el pecho y de su mano colgaba una carta abierta con el sello de la Academia de
Idris. Resoplaba de una forma muy teatral como queriendo dejar constancia de su
enfado.
- Becca, ¿puedes explicarme
esto? – gritó mientras agitaba el sobre frente a su cara de una manera bastante
molesta.
- Aún no sé qué pone así
que me aventuraré a decir que no, no puedo explicarlo.
No estaba muy segura de si había sido su
tono tranquilo y despreocupado al contestar o el toque de insolencia que había
añadido pero surtió el efecto deseado y la mujer se encendió como una cerilla
hasta que todo su rostro fue el fiel reflejo de un globo rojo.
- Si te esforzaras un poco
más en ser una buena cazadora de sombras y menos en intentar hacerte la
graciosa, nos iría mucho mejor - soltó casi escupiendo las palabras - tu
padre estaría muy decepcionado contigo.
No era la primera vez que le decía algo
así pero eso no lo hacía menos doloroso. Arnold Whiteoak había muerto
cumpliendo su deber como nefilim hacía
casi cuatro años cuando Becca tenía catorce. Su padre y ella siempre habían
estado muy unidos: solían ir juntos a pasear por las afueras de Alacante,
montaban a caballo, acampaban cerca de los bosques y Arnold siempre había
tenido una historia nueva y emocionante para compartir con ella. Llegó un
momento en el que a Rebecca le daba igual si se las inventaba o realmente había
luchado contra aquellos demonios y huido de tantos problemas. Él la hacía
sonreír. Había sido el único que la aceptaba tal y como era, con los numerosos
defectos que su madre y la Academia se afanaban por resaltar y que, en su
lugar, se había preocupado más de intentar sacar lo mejor de ella. Lo echaba terriblemente
de menos.
Tomó la carta de las manos de su madre sin
tan siquiera mirarla a la cara y se dispuso a leerla en silencio.
Para: Agatha Whiteoak
De: Conrad Branwell
Estimada
señora:
Me veo en
la obligación de ponerme en contacto con usted en relación a su hija, Rebecca
Whiteoak. El claustro de instructores ha tenido a bien reunirse para evaluar
las circunstancias de la señorita Whiteoak de forma individual ya que, como
bien sabrá, sus resultados durante estos años de entrenamiento son inferiores a
los del resto de sus compañeros. Por supuesto, siempre hay alumnos más
brillantes que otros y esto nunca ha supuesto un problema pero el caso de su
hija nos preocupa especialmente; creemos que a día de hoy no se encuentra
preparada para luchar por su cuenta y la ceremonia de graduación está cada vez
más cercana.
Tras mucho
cavilar, hemos llegado a la conclusión de que lo mejor para la señorita
Whiteoak sería tener la oportunidad de completar su formación en un lugar
distinto de Idris donde pueda adquirir otro tipo de experiencia que enriquezca
su adiestramiento como cazadora de sombras.
Nos hemos
puesto en contacto con varios Institutos en diferentes países donde creemos que
podría ser bien instruida. Todos ellos están especializados en “casos
complicados”.
Le animamos
a comprobar la lista adjunta en esta carta y elegir el lugar que más apropiado
le parezca. Por supuesto, la Academia correrá con todos los gastos, nuestro
principal objetivo es que nuestros nefilim
sean los más capaces.
En el nombre de Raziel,
Conrad Branwell, director de la
Academia de Entrenamiento de Idris
LISTADO DE
INSTITUTOS DISPONIBLES
Instituto de La
Plata (Argentina)
Instituto de Odense
(Dinamarca)
Instituto de Teherán
(Irán)
Instituto de Burgos
(España)
Instituto de Bangalore
(India)
Instituto de
Hamburgo (Alemania)
La joven no podía creer lo que acaba de
leer. No sólo intentaban librarse de ella dándola por un caso perdido sino que
además la iban a obligar a abandonar el único hogar que había conocido. Miró un
momento a su madre con espanto y la expresión de ésta se relajó momentáneamente
al comprender el shock que acaba de sufrir.
- Quizá…– comenzó a
balbucear la mujer – quizá todavía podamos hacer algo. Un examen especial o una
evaluación diferente donde puedas demostrar que sí estás preparada; igual así
no tendrías que irte.
El enfado había impedido que Agatha se
topara con la realidad que se plasmaba en la carta pero ver a Rebecca indefensa
y desvalida, con sus enormes ojos verde oscuro humedecidos por las lágrimas que
se negaba a soltar, le habían devuelto los pies a la tierra: iban a llevarse a
su hija lejos de ella y no le quedaba nadie.
No era algo extraño que las buenas
familias enviaran a sus hijos a diferentes institutos importantes para
completar su formación y que vean mundo pero que la propia Academia forzara la
salida de una de sus alumnas y la obligara a ir a un lugar para casos difíciles
no era algo que se pudiera observar a menudo. Rebecca era una chica disciplinada,
siempre prestaba atención en las clases y hacía todo lo que se le pedía, sin
embargo, nunca llegaría a ser lo suficientemente buena. Alguna vez había
bromeado con sus compañeros diciendo que el componente nefilim se le debía de
haber diluido en la sangre pero en ese momento, tan sólo pensarlo, no le hacía
ningún tipo de gracia.
Se disculpó con su madre y le dijo que
necesitaba estar sola. La mujer protestó e intentó seguirla hacia su cuarto
pero la muchacha le cortó el paso cerrando la puerta en sus narices.
Se dejó caer sobre la cama y fijó su
mirada en el techo de madera. Las imágenes se agolpaban en su mente y se
mezclaban con la angustia. ¿Qué iba a hacer? ¿Dónde iría? ¿Cómo se las iba a
apañar? Seguro que allá donde fuera las cosas no serían muy diferentes.
Recordaba el primer día de entrenamiento cuando
acababa de cumplir los doce años. Habían analizado meticulosamente todas las
armas en las clases teóricas y era capaz de decir el nombre y las cualidades de
cualquiera de los instrumentos almacenados en la sala de armas de la Academia,
la más completa del mundo. Sin embargo, cuando el instructor le acercó una
pequeña lanza y fue a depositarla en las manos de Becca, ésta la dejó caer
provocando un estruendo bastante notable. Toda la sala, repleta de alumnos en
ese momento, quedó en un silencio sepulcral para después estallar en una sonora
carcajada.
El instructor no le concedió demasiada
importancia, probablemente pensó que estaba despistada en ese momento. Pero
Becca estaba más que atenta y esperaba con ansia coger la lanza, la misma que
resbaló entre sus dedos sin saber muy bien cómo para acabar en el suelo.
Desde entonces, se demostró que ella era
la más lenta, la más torpe y la más exasperante de las alumnas que podrían
tener. Todo ello, en contra de los esfuerzos que hacía por mejorar y de las
incontables horas de entrenamiento adicional que hizo con su padre.
Su padre… Estaría tan enfadado con el
director de la Academia por permitir esto… Arnold siempre había defendido que
era una joya sin pulir y que no sabían sacarle el brillo adecuadamente. “No creo
que pueda brillar, papá” pensó Becca inmersa en la tristeza. Y así, recorriendo
uno por uno todos sus fracasos, terminó quedándose dormida.
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