sábado, 22 de febrero de 2014

1. El viaje

Cuando Rebecca llegó a casa, su madre la esperaba con una expresión airada y compungida. Tenía los brazos cruzados sobre el pecho y de su mano colgaba una carta abierta con el sello de la Academia de Idris. Resoplaba de una forma muy teatral como queriendo dejar constancia de su enfado.
- Becca, ¿puedes explicarme esto? – gritó mientras agitaba el sobre frente a su cara de una manera bastante molesta.
- Aún no sé qué pone así que me aventuraré a decir que no, no puedo explicarlo.
No estaba muy segura de si había sido su tono tranquilo y despreocupado al contestar o el toque de insolencia que había añadido pero surtió el efecto deseado y la mujer se encendió como una cerilla hasta que todo su rostro fue el fiel reflejo de un globo rojo.
- Si te esforzaras un poco más en ser una buena cazadora de sombras y menos en intentar hacerte la graciosa, nos iría mucho mejor - soltó casi escupiendo las palabras - tu padre estaría muy decepcionado contigo.
No era la primera vez que le decía algo así pero eso no lo hacía menos doloroso. Arnold Whiteoak había muerto cumpliendo su deber como nefilim hacía casi cuatro años cuando Becca tenía catorce. Su padre y ella siempre habían estado muy unidos: solían ir juntos a pasear por las afueras de Alacante, montaban a caballo, acampaban cerca de los bosques y Arnold siempre había tenido una historia nueva y emocionante para compartir con ella. Llegó un momento en el que a Rebecca le daba igual si se las inventaba o realmente había luchado contra aquellos demonios y huido de tantos problemas. Él la hacía sonreír. Había sido el único que la aceptaba tal y como era, con los numerosos defectos que su madre y la Academia se afanaban por resaltar y que, en su lugar, se había preocupado más de intentar sacar lo mejor de ella. Lo echaba terriblemente de menos.
Tomó la carta de las manos de su madre sin tan siquiera mirarla a la cara y se dispuso a leerla en silencio.

Para: Agatha Whiteoak
De: Conrad Branwell

Estimada señora:
Me veo en la obligación de ponerme en contacto con usted en relación a su hija, Rebecca Whiteoak. El claustro de instructores ha tenido a bien reunirse para evaluar las circunstancias de la señorita Whiteoak de forma individual ya que, como bien sabrá, sus resultados durante estos años de entrenamiento son inferiores a los del resto de sus compañeros. Por supuesto, siempre hay alumnos más brillantes que otros y esto nunca ha supuesto un problema pero el caso de su hija nos preocupa especialmente; creemos que a día de hoy no se encuentra preparada para luchar por su cuenta y la ceremonia de graduación está cada vez más cercana.
Tras mucho cavilar, hemos llegado a la conclusión de que lo mejor para la señorita Whiteoak sería tener la oportunidad de completar su formación en un lugar distinto de Idris donde pueda adquirir otro tipo de experiencia que enriquezca su adiestramiento como cazadora de sombras.
Nos hemos puesto en contacto con varios Institutos en diferentes países donde creemos que podría ser bien instruida. Todos ellos están especializados en “casos complicados”.
Le animamos a comprobar la lista adjunta en esta carta y elegir el lugar que más apropiado le parezca. Por supuesto, la Academia correrá con todos los gastos, nuestro principal objetivo es que nuestros nefilim sean los más capaces.

En el nombre de Raziel,
Conrad Branwell, director de la Academia de Entrenamiento de Idris

LISTADO DE INSTITUTOS DISPONIBLES

Instituto de La Plata (Argentina)
Instituto de Odense (Dinamarca)
Instituto de Teherán (Irán)
Instituto de Burgos (España)
Instituto de Bangalore (India)
Instituto de Hamburgo (Alemania)


La joven no podía creer lo que acaba de leer. No sólo intentaban librarse de ella dándola por un caso perdido sino que además la iban a obligar a abandonar el único hogar que había conocido. Miró un momento a su madre con espanto y la expresión de ésta se relajó momentáneamente al comprender el shock que acaba de sufrir.
- Quizá…– comenzó a balbucear la mujer – quizá todavía podamos hacer algo. Un examen especial o una evaluación diferente donde puedas demostrar que sí estás preparada; igual así no tendrías que irte.
El enfado había impedido que Agatha se topara con la realidad que se plasmaba en la carta pero ver a Rebecca indefensa y desvalida, con sus enormes ojos verde oscuro humedecidos por las lágrimas que se negaba a soltar, le habían devuelto los pies a la tierra: iban a llevarse a su hija lejos de ella y no le quedaba nadie.
No era algo extraño que las buenas familias enviaran a sus hijos a diferentes institutos importantes para completar su formación y que vean mundo pero que la propia Academia forzara la salida de una de sus alumnas y la obligara a ir a un lugar para casos difíciles no era algo que se pudiera observar a menudo. Rebecca era una chica disciplinada, siempre prestaba atención en las clases y hacía todo lo que se le pedía, sin embargo, nunca llegaría a ser lo suficientemente buena. Alguna vez había bromeado con sus compañeros diciendo que el componente nefilim se le debía de haber diluido en la sangre pero en ese momento, tan sólo pensarlo, no le hacía ningún tipo de gracia.
Se disculpó con su madre y le dijo que necesitaba estar sola. La mujer protestó e intentó seguirla hacia su cuarto pero la muchacha le cortó el paso cerrando la puerta en sus narices.
Se dejó caer sobre la cama y fijó su mirada en el techo de madera. Las imágenes se agolpaban en su mente y se mezclaban con la angustia. ¿Qué iba a hacer? ¿Dónde iría? ¿Cómo se las iba a apañar? Seguro que allá donde fuera las cosas no serían muy diferentes.
Recordaba el primer día de entrenamiento cuando acababa de cumplir los doce años. Habían analizado meticulosamente todas las armas en las clases teóricas y era capaz de decir el nombre y las cualidades de cualquiera de los instrumentos almacenados en la sala de armas de la Academia, la más completa del mundo. Sin embargo, cuando el instructor le acercó una pequeña lanza y fue a depositarla en las manos de Becca, ésta la dejó caer provocando un estruendo bastante notable. Toda la sala, repleta de alumnos en ese momento, quedó en un silencio sepulcral para después estallar en una sonora carcajada.
El instructor no le concedió demasiada importancia, probablemente pensó que estaba despistada en ese momento. Pero Becca estaba más que atenta y esperaba con ansia coger la lanza, la misma que resbaló entre sus dedos sin saber muy bien cómo para acabar en el suelo.
Desde entonces, se demostró que ella era la más lenta, la más torpe y la más exasperante de las alumnas que podrían tener. Todo ello, en contra de los esfuerzos que hacía por mejorar y de las incontables horas de entrenamiento adicional que hizo con su padre.

Su padre… Estaría tan enfadado con el director de la Academia por permitir esto… Arnold siempre había defendido que era una joya sin pulir y que no sabían sacarle el brillo adecuadamente. “No creo que pueda brillar, papá” pensó Becca inmersa en la tristeza. Y así, recorriendo uno por uno todos sus fracasos, terminó quedándose dormida.

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